“Gabo, por favor mire para la cámara”

© Pablo Corral Vega

Retratos de Gabriel García Márquez realizados por Pablo Corral
Gabo, por favor mire para la cámara. – ¿Así? -me responde-. Se queda sin expresión, sin luz en los ojos, sin sonrisa. Le tomo una foto y suelta una sonora carcajada. – Algunos creen que soy un viejo, y que ya no puedo pensar. Pero están equivocados. Nuevamente borra toda expresión de su rostro, me mira intensamente. – Creen que estoy así, lelo. Exagera el vacío, el silencio de su rostro. Enseguida se ríe con picardía, con esa irreverencia característica de los costeños. -Yo quería ser fotógrafo, mi primer trabajo en el diario fue de fotógrafo. Me cuenta anécdotas de su juventud, de sus experiencias como fotoreportero en los pueblos de la Costa colombiana. Afortunadamente se aburrió rápidamente, él quería contar aquellas historias que no se podían ver. – Los fotógrafos somos esclavos de la realidad, le digo. – Lo que la gente no sabe es que yo soy un gran mamagallista – responde con sorna. Mamagallista -esa palabra tan colombiana- significa cuentacuentos, cuentista, inventor de historias, el que le toma el pelo a los otros. -Y lo más increíble es que la gente me creyó. En los 20 minutos que pude robarme al Gabo para hacerle un retrato, en una esquina del elegante hotel en el que estábamos alojados en Monterrey, se había formado una cola enorme de gente. Todos quería un pedazo de él, una palabra, un autógrafo. – Yo firmo cualquier cosa – me dice- menos servilletas. Cuando me preguntan cuál es mi trabajo yo digo que es firmar autógrafos. He firmado biblias, incluso novelas de Vargas Llosa. Saco de mi morral mi copia de Cien Años de Soledad, y le pido que también me la firme. “Para Pablo Corral, el que más jode con la cámara” me escribe. Y se entrega a sus devotos seguidores. Fotos y testimonio de Pablo Corral Vega. Las fotos fueron tomadas el 3 de septiembre de 2008 en el Hotel Presidente Intercontinental de Monterrey, México.

Macondo se muda al ciberespacio
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Pero así como Cien años de soledad no existiría sin aquellos primeros años con sus abuelos donde está el manantial de su literatura, tampoco toda la obra del periodista, escritor y guionista colombiano sería lo que es sin La tercera resignación, el primer cuento que publicó. Fue hace 60 años en el diario colombiano El Espectador, el 13 de septiembre de 1947. Tenía 20 años, se había graduado de bachiller. Cuando lo vio publicado, su primera reacción fue “la certidumbre arrasadora de que no tenía los cinco centavos para comprar el periódico”. Porque en una página, debajo de unas letras de molde que decían Gabriel García Márquez, estaba el big bang de un universo literario que empezaba con estas palabras: “Allí estaba otra vez ese ruido. Aquel ruido frío, cortante, vertical, que ya tanto conocía; pero que ahora se le presentaba agudo y doloroso, como si de un día a otro se hubiera desacostumbrado a él…”.

Gabriel García Márquez, ochenta años de soledad
Habrá que añadir que es, sobre todo, el poder político el que interesa a Gabo, y no en cualquiera de sus formas. Padece una curiosidad casi enfermiza por el comportamiento de sus protagonistas, a los que se acerca sin la reverencia y con la ingenuidad de quien nada pide ni necesita, como no sea que se trate de mediar en favor de un tercero. Felipe González, Betancur, Ricardo Lagos, Torrijos, Clinton, son algunos de los líderes a los que ha tratado con más o menos regularidad. Él fue quien me presentó a Salinas de Gortari al rato de que éste accediera a la Silla del Águila, y quien me introdujo también ante Fidel Castro. Con ambos he pasado horas a bordo de un avión y asistido a cenas interminables en las que el café de la sobremesa se servía a la hora del desayuno, por lo que he sido testigo del trato a la vez desinhibido y respetuoso que se prodigan. Quienes critican a Gabo su relación con el comandante desconocen el significado de la amistad en las tierras calientes y olvidan la pasión revolucionaria que enriqueció la literatura latinoamericana en la década de los sesenta. Para los jóvenes de entonces, la Revolución Cubana era una de las pocas cosas en las que se podía creer, y quien no haya vivido por sí mismo esa experiencia difícilmente podrá entender la huella emocional que el castrismo imprimió entre los intelectuales y artistas de todo el mundo. García Márquez me ha explicado en repetidas ocasiones, con nítida concreción, su identificación con Fidel Castro: “Viene precisamente de la convicción que tengo de que lo que hay que buscar es un camino latinoamericano, que se puede encontrar. Fidel ha abierto una gran brecha en ese sentido. Además desarrollé una amistad personal con él que siguió otro rumbo, inclusive divergente del político: donde empiezan los desacuerdos de ese género comienza otro tipo de afinidades humanas y de comprensión de la situación cubana”.

Un escritor es, según se mire, alguien también muy poderoso. No en función de la cantidad de gente que le lee, sino porque es capaz, como los políticos, de transformar el mundo. Y hacerlo sólo a base de adoptar un punto de vista diferente. La soledad es igualmente una condición indispensable de la creación artística, y esa sensación de aislamiento, casi de naufragio, se produce incluso en medio de la más estruendosa agitación. Los primeros relatos de Gabo se escribieron a deshoras en las redacciones de El Universal y El Espectador, cuyo ambiente de agitación no restaba un ápice al sentimiento de soledad que el narrador padece ante el folio en blanco incrustado en la máquina de escribir, sea mecánica o electrónica. Por lo demás, estamos ante un oficio individualista. No hay nada menos democrático que el acto de crear, una palabra tan reservada a las capacidades divinas que permite endiosarse a cualquier mequetrefe dispuesto a emborronar un par de páginas. Las cosas suceden en las novelas como el autor decide, y sólo está limitado a veces por las opiniones de sus personajes, pero éstos son menos autónomos cuanta mayor es la destreza del novelista. De todas formas, uno siempre escribe para que le lean los otros, muchos o pocos, y Gabo ha confesado cantidad de veces que él lo hace fundamentalmente pensando en sus amigos, con los que guarda una relación casi mafiosa, “porque mi sentido de la amistad es tal que resulta un poco el de los gánsteres: por un lado, mis amigos; por otro, el resto del mundo, con el cual tengo muy poco contacto”. Es para sus amigos, entre los que jubilosamente me encuentro, para quien García Márquez ha escrito siempre, porque es con ellos con los únicos con quienes ha podido horadar la muralla de la soledad. “Soy un ser solitario y triste. Contra lo que pueda parecer, eso es muy del Caribe”.

Lo que nació con García Márquez
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Debió llamarse Olegario. Acababan de sonar las campanas de la misa de nueve cuando los gritos de la tía Francisca se abrieron paso, entre el ruido del aguacero, por el corredor de las begonias: “¡Varón! ¡Varón! ¡Ron, que se ahoga!”. Y nuevos gritos enmarañaron la casa. Una vez liberado del cordón umbilical enredado en el cuello, las mujeres corrieron a bautizar al niño con agua bendita. Lo primero que se les vino a la cabeza fue ponerle Gabriel, por el padre, y José, por ser el patrono de Aracataca. Nadie se acordó del santoral. De lo contrario, se habría llamado Olegario García Márquez.
Aquel domingo 6 de marzo de 1927, Aracataca celebró la llegada del primogénito de Luisa Santiaga y Gabriel Eligio. Aunque, en realidad, para los cataqueros había nacido el nieto de Tranquilina Iguarán Cotes y el coronel Nicolás Ricardo Márquez Mejía, los abuelos maternos con quienes se crió hasta los ocho años en una tierra cubierta de platanales bajo soles inmisericordes del Caribe colombiano. Era un niño en un caserón de mujeres, amordazado por las creencias de ultratumba de la abuela y los recuerdos de guerras del abuelo. Ocho años de vivencias que lo harán universal en 1967 cuando publique Cien años de soledad. Aunque él cree que la historia que no embolatará su nombre en el olvido es la de sus padres recreada en El amor en los tiempos del cólera. La víspera de su vida. La historia donde todo empieza. La de los felices amores contrariados que hace 80 años convirtieron a Gabriel García Márquez en el mayor de siete varones y cuatro mujeres, y quien daría vida a tantas cosas.

La imagen ante el espejo
El punto de partida del relato ocupa más de ciento cincuenta páginas de las casi seiscientas que tiene el libro, pero sin ese comienzo no habría memorias ni tampoco, acaso, novelista. Lo que le sucede a García Márquez un mediodía de febrero de 1950, cuando le falta un mes para cumplir 23 años, es una epifanía en el sentido que daba James Joyce a esa palabra, es decir, la ‘súbita manifestación espiritual’ del pasado.
Vale la pena resumir las circunstancias para entender por qué la vida del autor se parte en dos. Es cuando su madre, Luisa Santiaga Márquez de García, le pide que la acompañe a Aracataca a vender la casa, la única posible que es la de sus abuelos maternos, donde García Márquez vivó hasta los ocho años. La venden pero Gabriel se marcha dos días más tarde de la aldea natal con el tesoro de casi todas las historias que habría de contar en la vida.

Recorrido por la geografía de Gabo
Que no pare esa música. En uno de aquellos días de Cartagena, a Mercedes le apeteció ir con todos a escuchar música por uno de los barrios de este pueblo de Indias. Y Gabo fue, cómo no. Tenía a su lado a multitud de admiradores que le preguntaban por los más infinitos sucesos que hubiera vivido; se quisieron hacer fotos, conversar con él, y él atendió a unos y a otros con la maravilla en la cara, como si ese estado de perplejidad ahuyentara la necesidad de hablar. Siempre fue un hombre silencioso, que hablaba cuando quería; más bien, preguntaba, lanzaba un tema, y ya se disponía a escuchar. Hay una antigua foto en la que él está, vestido con su mono azul, ante Onetti. Callados. Como Onetti y Rulfo. Como Beckett y Joyce. Callados. Así le gusta estar, callado; de modo que en ese bar ruidoso de melodías caribeñas no dijo ni una palabra a todos los que le preguntaban, por ejemplo, por el origen remoto de sus palabras, que seguramente está en aquel pasillo por el que caminaba, lunática, Soledad Noches. Y Gabo habló tan solo cuando la música se interrumpió un instante. Dijo:
–Que no se pare esa música.
Eso le oí, pero seguramente tampoco dijo nada. Tan solo su mirada decía eso, que no se pare esa música. También, la música que escuchaba por dentro.

A vida de Gabriel Garcia Marquez
“It’s like being caught in your underwear,” he told Playboy in 1983. He had posed the year before for a famous photo that shows him preparing to receive the Nobel prize for literature in Stockholm, dressed in a suit of thermal underwear and surrounded by a bodyguard of fans in white ties and tails.

Lá no Pictura, o enlace para o “The Telegraph” está quebrado. Tente aqui

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